Los Blue Boys

Por Efrén Ángel de León

 

El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas a los recuerdos.
[Oscar Wilde]
La música da alma al universo, alas a la mente, vuelos a la imaginación, consuelo a la tristeza, y vida y alegría a todas las cosas.
[Platón]

                                                                                                                   
A fines de los años cincuenta se inició en el ámbito mundial un cambio radical en la juventud, referente a su forma de pensar y actuar. En varios países surgió casi simultáneamente, pero principalmente en Estados Unidos e Inglaterra, el ritmo que evolucionó no solo la música sino también la filosofía, la moda mundial, las formas de divertirse, la libertad de la propia juventud. En Norteamérica, se encontraba de moda el Jazz, el Boogie y el Blues; luego de una combinación de estos ritmos, surgió el rock and roll.

Con el rock and roll, la muchachada enloqueció en todo el mundo y cantaron y bailaron al ritmo de Little Richard, Ray Charles, Chuck Berry, Elvis Presley, Bill Haley, Ritchie Valens y un largo etcétera, rebelándose contra las rígidas formas de pensar de los adultos y de las estrictas imposiciones, las cuales ignoraban las opiniones y la forma de pensar de la juventud. El ambiente estricto motivó a los jóvenes a rebelarse, manifestando su inconformidad a través de la música. Por su parte, los adultos catalogaron a esa generación como “rebeldes sin causa”, clasificación que pone de manifiesto el nivel de incomprensión hacia la juventud. Esa visión negativa de la juventud fue promovida en gran medida por el cine de la época, con películas como Rebeldes sin causa (1955) y Juventud desenfrenada (1956).

En este sentido, la lucha generacional encabezada por los jóvenes se llevó a cabo con el fin de que sus opiniones, sus ideas, su forma de ver las cosas, fueran tomadas en cuenta; querían participar en las acciones y decisiones desde su lugar, ya no quería ser ignorada, no quería permanecer callada en las determinaciones importantes, quería manifestarse con su presencia y lo hicieron a través de la música, del baile y la letra de sus canciones. Lo hicieron a través del rock and roll.

 

El rock and roll llega a Guadalajara

 

La juventud de entonces se involucró en una lucha pacífica, una lucha en donde demostraba su fuerza, su presencia, su inteligencia digna de ser tomada en cuenta; se manifestó a su modo con lo que consideró que no les podían arrebatar los adultos, es decir, con su inspiración, con su arte, con su sentimiento, con su imaginación, con su ritmo, con su baile y con su música. Este ritmo, esta música, esta influencia, este baile, llegaron a Guadalajara en donde de inmediato surgieron conjuntos de rock and roll y cantantes de esa contagiosa y agradable música. Las radiodifusoras, ansiosas de transmitir y ser pioneras en tocar la música de moda, se adelantaron unas a otras; las más importantes fueron la XEAV Canal 58, la XESP Radio Juventud y la XEHL, todas en la banda de A.M.

XEAVFachada del teatro Alameda, con las siglas de la XEAV Canal 58.

En 1959 la XEAV Canal 58, que estaba ubicada en los altos del teatro Alameda —Calzada Independencia, esquina con la calle Álvaro Obregón—, presentaba rock and roll en vivo todos los jueves por la tarde, invitando a conjuntos provenientes de la Ciudad de México, tales como Los Rebeldes del Rock,  Los Locos del Ritmo, Los Rogers, etc., y a conjuntos locales como Los Gibson  Boys y Mike Laure. Varios amigos de la cuadra donde vivíamos nos organizábamos e íbamos a escuchar el rock and roll en vivo en el teatro estudio del Canal 58. Los presentadores de los artistas eran Manuel López Agredano (dueño de la XEAV), Carlos Castillo Preshenda y Jaime Lomelí.

 

El inicio de Los Blue Boys

 

Antes y después de los programas platicábamos con los artistas y los locutores. Entablamos una buena amistad con Mike Laure, quien nos invitó a presenciar sus ensayos en el lugar donde practicaban, por la calle Catalán. Le expresamos nuestro deseo de formar un conjunto de rock and roll y él se ofreció a enseñarnos y dirigirnos al inicio, cosa que aceptamos gustosos y con mucho agradecimiento. Así fue como iniciamos Los Blue Boys, de donde se desprendió una larga carrera musical, tocando el fabuloso ritmo del rock and roll en Televisión, Teatros, Fiestas, Restaurantes, Salones de Baile, Caravanas artísticas por la República Mexicana, y un largo etcétera.

LaureMike Laure y sus Cometas.

Comenzamos en 1960 tocando en fiestas particulares: cumpleaños, bodas, quince años, etc. El primer lugar público a donde nos invitaron a tocar fue la Concha Acústica, en los festivales dominicales del Parque Agua Azul. Ahí se congregaba mucha gente previa invitación periodística; fue un gran lugar donde se daba cita la gente, con el gusto de oír música y presenciar a sus artistas preferidos. Después nos invitaron a participar en programas de rock and roll, en Canal 6 y Canal 4 de la televisión local. (Antes de esa ocasión, nos contrataron  para tocar varios días en un restaurante llamado Boca del Río, que se localizaba en la esquina sur-oriente de la confluencia de las calles Hospicio y la calzada Independencia.)

BRFachada del restaurante Boca del Río.

 

El show televisivo

 

El canal 6 de Televisión se encontraba en la Av. Circunvalación, casi esquina con Belisario Domínguez y era hermana de la XEHL Guadalajara, una estación de radio donde también tocamos en varias ocasiones. En el canal 6 se emitía un programa  de concurso entre los distintos grupos de rock and roll de Guadalajara y entre parejas de bailarines de ese ritmo, nombrando a los ganadores al final de la programación. Ese programa se llamaba A ritmo de twist. Los Blue Boys competíamos contra Los Spiders, Los Jets, Los Fugitivos o Los Black Kings, y ganamos en varias ocasiones.

El canal 4 se encontraba en el mismo domicilio que se encuentra hoy, es decir, en Av. Alemania esquina con Av. Enrique Díaz de León, antes Tolsá. Ahí tocamos en tres programas y en  muchas ocasiones: Muévanse todos, Marcando el paso y Variedades del medio día. En Variedades del medio día, incluyeron una canción nuestra como cortinilla de entrada y salida del programa, con una imagen nuestra tocando rock and roll durante 12 meses, o sea, más o menos el tiempo que el programa se mantuvo al aire, transmitiéndose diaramente.

C4Actuación de Los Blue Boys en el Canal 4, con Manuel “El Loco” Valdés como conductor.

En 1962, la XEHL nos invitó a grabar una melodía, grabamos “Johnny B. Goode” de Chuck Berry y se escuchó durante mucho tiempo en esa estación. En la siguiente foto aparecemos en los estudios de la XHG-TV Canal 4, en un programa donde tocábamos una vez por semana y que cada tres o cuatro meses cambiaba de conductor. Uno de ellos fue Manuel “El Loco” Valdés; otros fueron Alfonso “Poncho” D’ Alessio, papá de Lupita D’ Alessio, que era un espléndido cantante de ópera; Flavio, un cómico que traía chistes escritos en una libreta y los contaba apoyándose en ella, por lo que se le conoció como “Flavio y su Libreta”; Fernando Montrey, un cómico Argentino que era muy efectivo y alegre; así como Manolo Muñoz y varios artistas más.

XHGLos Blue Boys, Manuel “El Loco” Valdés, la famosa cantante mexicana Mona Bell y el famoso director de orquesta de Guadalajara Enrique Reyes.

 

Los viajes a Puerto Vallarta

 

En 1962 nos contrataron para tocar en el Hotel Rosita, y para participar en la inauguración del Club de Leones de ese lugar de Puerto Vallarta, un paraíso casi desconocido. Puerto Vallarta era un caserío muy bonito cerca del mar alegre y con poco turismo por ser un lugar desconectado con el resto del país. Ya tenía un pequeño aeropuerto y solo se podía visitar por aire y por tierra por una brecha angosta entre los árboles del camino y que lo unía con Chapalilla, Nayarit. Al llegar al río Ameca, un río ancho y con un fuerte caudal de agua que teníamos que cruzar, el método para hacerlo fue por medio de una panga en donde la gente bajaba del camión, cruzábamos en la panga y se regresaba y luego el camión lo subían a la panga y lo cruzaban. Ya del otro lado, en tierras de Jalisco, subíamos al camión y seguíamos el viaje hasta llegar a nuestro destino. El regreso era igual.

Después de 8 horas de camino, viajando de noche para aprovechar el día en Puerto Vallarta, llegamos, bajamos nuestros instrumentos y nuestras maletas y nos instalamos en el mismo Hotel Rosita que era el mejor de ese tiempo y nos salimos a conocer el lugar. Nos dimos cuenta que en un céntrico lugar de baile, estaban tocando tarde y  noche un conjunto llamado Los Lobos, a los cuales habíamos conocido en Guadalajara y que ensayaban en una casa del barrio de Santa Teresita. En ese lugar nos hicimos amigo a Alfredo Labra, alias “El Zapatitos” y a su hermano Luis y a varios del grupo. Por la noche fuimos al lugar de baile y Los Lobos, que ya tenían dos años viviendo en Puerto Vallarta, habían comprado el lugar y lo llamaron Salón Los Lobos. Diario estaba lleno de turistas gringos y mexicanos. Les estaba yendo muy bien. Ellos nos recibieron afectuosamente y platicamos largo rato e incluso nos invitaron a tocar, pero solo nos echamos la paloma y en otra visita al puerto, sí tocamos alternando  y conviviendo con ellos como amigos que éramos. Ya conociendo las dificultades del camino, en los posteriores viajes tomábamos avión de ida y vuelta.

 

La relación con Musart

 

En los años sesenta era muy difícil grabar discos ya que había pocas compañías grabadoras y solo grababan artistas con buena música; era muy caro hacer un disco y por eso escogían a pocos artistas. Las disqueras que competían en México eran RCA Víctor, Musart, Peerles, Orfeón, Columbia, Dimsa y otras menos famosas. En 1964 fuimos invitados a grabar por parte de don Guillermo Acosta, quien era el director artístico de Discos Musart —una de las compañías más famosas— y por don Jesús Acosta, Gerente General de la empresa. Así fue como grabamos nuestro primer EP (Extended Play, disco de 45 revoluciones), en los estudios de Musart ubicados en la ciudad de México. Las melodías que grabamos fueron “Tijuana”, “Wipe Out”, “Chapala Surfin”, “Let’s Go”, “No me Pasará a Mí” y “Dime la Verdad”. Un año después nos volvieron a citar para grabar y quedaron las canciones de “Éxtasis”, “Quiero Dinero”, “Ven” y “Puro Amor”. “Éxtasis” fue un éxito a nivel nacional y hoy aún se toca en el Canal 58 y en La consentida de la radio A.M.

PortadasAlgunas de las portadas de discos grabados por Los Blue Boys.

En una ocasión, el Sr. Meléndez, quien era representante de discos Musart en el Occidente, nos contrató para amenizar un congreso que celebraron aquí en Guadalajara y nos trató como invitados, dándonos asiento en las mesas del salón de eventos, codeándonos con los altos ejecutivos de las empresas de la música. Fue un gran evento en donde entre otros artistas, estuvieron cantantes de la época como Angélica María, Alberto Vázquez, Los Mabbers y otros más. Allí conocimos a Los Rogers, con quienes platicamos casi toda la noche, haciéndonos amigos desde entonces e invitándolos a que cada vez que estuvieran en Guadalajara nos visitaran.

En 1964 nos contrataron para tocar en el Club Muralla de Mazatlán Sinaloa, uno de los lugares más famosos y elegantes, y sucedió que estando tocando arriba en el estrado, uno de los compañeros me dijo, “mira quiénes están sentados en esa mesa” y al voltear, descubrí a Los Impala, un grupo vocal de tres elementos muy famoso en ese tiempo, por cantar un estilo que ellos bautizaron como “bolero concierto”; entre las canciones más famosas y bonitas de Los Impala están “Ven que te Quiero”, “Es mi concierto”, “Musetta” y “Me Regalo Contigo”, canciones bellas de verdad. Sus integrantes eran Laura Olivia Solís, Humberto Basurto Valero y Arnulfo Vega Barrios y grababan para discos Musart, en la misma compañía que nosotros. Cuando terminamos de tocar nos mandaron llamar y nos invitaron a su mesa, donde desarrollamos una interesante plática. Al despedirnos, los invitamos a visitarnos a la casa donde ensayábamos (mi casa) para cuando fueran a Guadalajara; a partir de esa fecha, cada vez que ellos llegaban a la ciudad nos visitaban. Otros artistas que llegaron a visitar nuestros ensayos fueron Los Rogers, Los Locos del Ritmo, Paco Cañedo, Juan Legido de Los Churumbeles de España, José Alfredo Jiménez y varios más que ya no recuerdo.

 

Los Caballeros de la Orden del Coco Jimado

 

Muchas fueron las aventuras que nos sucedieron como grupo rocanrolero, así que les narraré solo algunas anécdotas. Un lugar en donde seguido nos contrataban para ir a tocar y que quedaba a pocos kilómetros de la playa, entre hectáreas de plantaciones, era Coahuayana Michoacán. Ahí, el organizador era un señor como de cuarenta años, alto, gordo, moreno, usaba sombrero y todo su tipo era de costeño; era el rico del pueblo y se llamaba Leopoldo, pero todos le decían don Polo. Tenía mucho dinero porque era dueño de una plantación de coco y plátano, productos que vendía por grandes cantidades. Cuando nosotros tocábamos, escogía la mejor mesa, se sentaba con sus amigos y nos invitaba a acompañarlo en los intermedios a tomar cerveza. Era muy expresivo, platicador y agradable. Tenía una frase muy pintoresca que decía: “vénganse todos a tomar una cerveza, ¡hey, mesero, sírvanos y que se nuble de cervezas porque este día vamos a tomar en oceánicas cantidades!”. Llamaba al mariachi y tomando y cantando pasábamos las horas posteriores al terminar nosotros de tocar, luego nos animaba a tomar los instrumentos del mariachi y Manuel tocaba la vihuela, Salvador la guitarra y yo el tololoche o guitarrón y Eduardo se ponía a cantar canciones rancheras.

La conexión para contratarnos era a través de un amigo mutuo llamado Francisco Jiménez quien vivía en Guadalajara y llevaba una fuerte amistad con don Polo y entre los dos pagaban la fiesta que ellos organizaban. La primera vez que viajamos a Coahuayana llegamos a Tecomán Colima, ya que nos invitaron a la estación de radio de ese lugar para una entrevista, puesto que éramos el primer grupo de rock and roll que pisaba ese lugar. Días antes acababan de nombrar a Los Beatles como Caballeros de la Orden del Imperio Británico y el locutor en un acto de broma nos nombró con voz al aire, con micrófono abierto al público, “Caballeros de la Orden del Coco Jimado”. Ese comentario duró algunos días hasta que se nos olvidó.

 

Una velada inolvidable

 

En la noche de año nuevo 64-65, fuimos a tocar a la casa del propietario de Novedades Bertha, una tienda departamental que se localizaba donde termina Lafayette esquina con Av. México. El domicilio para tocar, que era la casa del propietario, quedaba por la Av. López Mateos, antes de llegar a los Gavilanes. La casa era muy grande y bonita, ya que el terreno donde se localizaba era muy grande con amplios jardines con distinta vegetación, perfectamente cuidado, pasto bien podado y recortado y en el centro una gran alberca de perímetro irregular, que pasaba hasta el interior de la sala, la cual estaba dividida por un gran ventanal que pasaba por encima de la alberca a unos cuantos centímetros arriba del nivel del agua. Instalamos los instrumentos musicales en esa sala junto a la alberca y tocamos la música que nos solicitaban los invitados. Por el otro lado de la sala-alberca, se localizaban grandes mesas con  platillos preparados para la cena, los cuales despedían un aroma exquisito. A las doce de la noche, el grito de los asistentes marcó el inicio de un año nuevo (1965), arrojaron confeti, serpentinas de colores, globos inflados y se destaparon botellas de champagne, sirviendo los meseros a todos los asistentes, incluidos nosotros que éramos los músicos. Brindamos al unísono por el año que llegaba y la despedida del que terminaba. Los asistentes bailaron al alegre ritmo de la música que brotaba de los  instrumentos de Los Blue Boys.

En un intermedio, los compañeros del grupo musical y yo salimos a recorrer el jardín. En medio de la caminata nos abordó el propietario de la casa y nos dijo: “muchachos, ¿quieren conocer lo que hay en la parte de abajo de esta escalera?”. Nosotros contestamos que sí y seguimos al propietario, bajamos con cuidado las angostas y escasamente iluminadas escaleras, llegamos a un pasillo que se ampliaba a varios metros de distancia de los escalones y caminamos hasta encontrar un gran cristal desde donde se veía el bajo-lateral de la alberca que pasaba a la sala. En ella se encontraba una pareja de novios, nadando y en un momento determinado uno de ellos se acercó y se asomó por el cristal que medía 2.00 X 3.00 metros aproximadamente y nos saludó. La profundidad en ese lugar era de 5.00 metros desde el nivel de piso terminado del jardín, hasta el bajo nivel de la alberca. Tal experiencia nos dejó impresionados y agradecimos al propietario su gentileza de hacernos conocer esa excelente obra de ingeniería.

A la hora de la cena, el propietario nos mando decir con uno de los meseros que pasáramos a la mesa de bufete y nos sirviéramos lo que se nos antojara. Pasamos con nuestro plato nos servimos diferentes alimentos. En los recipientes de comida había todo tipo de mariscos, preparados en distintas formas, desde camarones simplemente cocidos hasta pulpo, langosta o langostinos, angulas, caviar rojo y negro, todo en exóticas preparaciones. Nos servimos lo que creímos prudente comer, acompañado de copas de champagne, vino tinto y blanco. Nadie de notros había comido el caviar, por lo que nos servimos generosamente de los dos tipos del alimento saboreándonos antes de probarlos. Grande fue nuestra decepción, pues al llevarnos la primer cucharada a la boca nos dio un sabor desagradable que provocó que regresáramos disimuladamente el bocado y más tarde lo depositáramos en un recipiente de basura. Quizá nuestros paladares no estaban educados para ese tipo de platillo y sobre todo para ese sabor.

Terminamos de tocar después de las tres de la madrugada y al despedirnos del amabilísimo propietario, nos pidió que cada uno nos lleváramos una botella de vino o licor que se nos antojara, de tequila, whisky o coñac. Regresamos a nuestra casa con una muy grata impresión por el amable trato con el que nos atendió el Sr. dueño de los Almacenes Bertha. (Comentario aparte: en la propaganda que en el radio y la televisión hacían de esta tienda de departamentos, era  “donde termina Lafayette y empieza su economía”, pero entre la gente ocurrente como todos los mexicanos le arregló el jingle y decían: “donde empieza Lafayette y termina su economía”.)

 

Cafés cantantes y clubes de admiradoras

 

El Sr. Antonio Estrada, dueño de un lugar llamado Jazz Bar, nos contrató para tocar en un café cantante (así llamaban a los lugares donde no se vendía ninguna bebida con alcohol), que se localizaba en la Calzada Independencia, en la colonia Independencia. Después nos pasamos a tocar diariamente a otro café cantante que se llamaba Metamorfosis, ubicado entre las calles San Felipe y Liceo, frente al jardín de la Reforma o de San José; ahí acudían casi diario cuatro norteamericanas, tres rubias y una pelirroja, llamadas Marlyn, McLean, Johanna y la pelirroja, Maureen Cynthia, que eran lindas y la más chica solo tenía 16 años de edad. Hicimos mucha amistad con ellas. En ocasiones asistía también su mamá y/o su hermano Ronney y el ambiente se tornaba más alegre, ya que la señora era de mucho ambiente.

Ellos pasaban un tiempo en Guadalajara, mientras se arreglaban unos asuntos que estaban realizando en Estados Unidos. La atracción que generaban ellas sobre nosotros —jóvenes incipientes, iniciándonos en el teje y maneje del amor y, por qué no decirlo, también del sexo— era mayúsculo y las invitábamos a todos los lugares donde tocábamos, o a mi casa, o ellas nos invitaban a su casa, hasta que a fin de cuentas nos hicimos novios. Salvador, el que tocaba la guitarra acompañamiento, empezó a salir con Johanna; Antonio, que tocaba la batería salía con McLean; José Adrián Palomera, el cantante, salía con Marilyn; y yo salía con Maureen, la pelirroja. Para nosotros fue un tiempo de ensueño, pues las chicas estaban muy bonitas y llamaban mucho la atención por todas partes a donde las llevábamos. Fue el tiempo en que nos entraron las ganas de estudiar el inglés y como teníamos con quien practicarlo, pues lo aprendimos bien. Llegó el día en que tuvieron que regresar a Estados Unidos y todos nos pusimos tristes pero más Adrián, ya que él se enamoró mucho de Marilyn y lloró, lloró y lloró.

En la Colonia Morelos que se encuentra al sur de Guadalajara, se formó un Club de Admiradoras (hoy Fans) de Los Blue Boys, organizado y presidido por Patricia Mares, congregando a cerca de 50 chavas que nos seguían a donde tocábamos. La idea del Club era que ellas pudiesen ingresar a nuestras presentaciones en los programas de televisión, en la Concha Acústica del Parque Agua Azul, en las Caravanas Corona Extra, etc. Así mismo se formó otro club de admiradoras en la calle Francisco de Ayza, encabezado por Graciela Zambrano con una cantidad de socias muy similar.

 

Anécdotas

 

Mi hermano Moisés era fiel seguidor del Atlas y por su fanatismo no se perdía ningún partido de futbol, fuera en campeonato o no. Un día Los Blue Boys fuimos a tocar a un lugar importante de Guadalajara y coincidió con que esa noche jugaba el Atlas y al parecer era un juego importante, al grado que Moisés no quería perderse ese partido y se llevó un pequeño radio con audífonos sin que nos diéramos cuenta. Gran sorpresa y asombro nos llevamos cuando en medio de una canción que interpretábamos, escuchamos un fuerte grito de “¡Goooool!”. Todos volteamos a ver a mi hermano, incluyendo al público de la fiesta; Moisés, emocionado y absorto, poniendo más atención al partido que a la música, se había dejado llevar por la emoción que le causó la anotación, hasta que se quitó los audífonos, reaccionando ante los gritos de nosotros para que se quitara los audífonos. Se los quitó y la fiesta continuó. Fue muy chusco. Los anfitriones comprendieron por ser también ellos del Atlas y no hubo reclamos ni nada.

En los años sesenta, se contrataban conjuntos de rock and roll para animar las reuniones, los bailes o cualquier evento. En una ocasión nos contrataron para tocar todos los fines de semana en un centro nocturno que se ubicaba a la entrada de Zapopan; ahí amenizábamos dos conjuntos en horario de las 21:00 horas a las 2:00 de la madrugada. Una vez, mientras tocábamos como a eso de las 12:00 de la noche, inició un pleito entre los asistentes —no sé por qué motivo— que terminó en una balacera. El gerente del lugar nos decía que siguiéramos tocando pero en eso, una bala pegó a un lado de donde yo me encontraba con mi guitarra; el susto fue tanto que nos hizo suspender la música y escondernos para protegernos detrás de los amplificadores y las bocinas, hasta que llegó la policía y se terminó el pleito. Después de eso continuamos tocando y la gente siguió bailando. El susto fue grande pero lo superamos.

 

Epílogo

 

Fuimos contratados para hacer giras de la Caravana Corona Extra por varias de las más importantes ciudades y en los mejores centros nocturnos y canales de televisión. Conocimos a los mejores artistas de la televisión a nivel nacional. Se escuchó mucho nuestra canción “Éxtasis” y “Tijuana”, tanto que llegaron a los primeros niveles de  popularidad nacional. Esos fueron años de ensueño para Los Blue Boys, con todo lo que nos estaba sucediendo, fue para nosotros el top, el hito, lo máximo, el cambio total y que nos ha acompañado toda la vida como lo mejor que nos sucedió en nuestra juventud.

Sin embargo, en 1968 dimos por terminada la época de Los Blue Boys porque terminamos alguna carrera o tuvimos problemas con los estudios. Cada quien tomó su camino profesional y nos desarrollamos en nuestras actividades: mi hermano Moisés como médico, Antonio Salcido Ramos terminó la carrera de Ingeniero Mecánico Electricista, el cantante Eduardo Hernández se lanzó como solista y luego instaló una empresa fabricante de artículos de plástico, los otros dos compañeros se fueron a tocar a otros conjuntos de rock and roll, y yo me dediqué a la ingeniería civil. El séptimo Blue Boy, Héctor Hinojosa Ávila, que ingresó al grupo cuando Manuel y Salvador en su aspiración de tocar el rock and roll a más altos niveles, se fueron a Tijuana a tocar, pero al parecer no les fue muy bien y regresaron después de varios meses, con nosotros. Mientras ellos estuvieron en Tijuana, Héctor tocó el requinto para no suspender nuestra actividad musical. Primero regresó Manuel y varios meses después llegó Salvador, y así Héctor pasó a tocar la guitarra acompañamiento hasta que regresó Salvador.

Grandes momentos, grandes fiestas, grandes presentaciones, grandes amigos como Rafael Almaraz Hernández, Lupita Estrada, Manuel López Agredano, Paco Navarro, Paco Cañedo y muchos más, así como grandes artistas del momento. Giras, presentaciones en teatros, radio y televisión. A través de los años que hemos vivido activos e inactivos, el haber sido parte viviente de Los Blue Boys y que jamás creímos ni pensamos llegar a tener la fama que nos ha mostrado el tiempo. Pero esas sorpresas que no esperábamos han hecho que lo sintamos como algo inmerecido. La aparición en varias revistas en varias ocasiones, a nivel nacional, tales como Notitas Musicales (1963), Ritmo Juvenil (1963), en libros como Guadalajara y el Rock, 50`s -70`s de Miguel S. Torres Zermeño (2002), 60 años de Rock Mexicano del Sr. González (2016), así como el haber sido base importante para la Tesis Profesional para la obtención del título de Licenciado en Historia de David Moreno Gaona, de la Universidad de Guadalajara, son cosas que nos llenan de orgullo y satisfacción. Los Blue Boys somos parte de los fundadores del rock and roll en Guadalajara y en México.

Revista1Recorte de la revista Ritmo Juvenil N° 22.

Revista2Recorte de la revista Notitas Musicales, mayo de 1965, donde aparecemos en los estudios del Canal 4. Como conductor del programa aparece Flavio, un cómico famoso que se hacía llamar “Flavio y su libreta”.

 

Revista3Recorte de la revista Ritmo Juvenil N° 11. Escribe Patricia Mares Sánchez al buzón de la revista para informar sobre el Club de Admiradoras de Los Blue Boys.

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Combates por el Roxy

Por David Moreno Gaona

                                                   

No será Mis combates, claro que no; nunca he luchado en favor mío ni tampoco contra tal o cual persona determinada. Será Combates por la historia, ya que por ella he luchado toda mi vida.

[Lucien Febvre, Combates por la historia]

 

 

 

Yo no he luchado toda mi vida por la historia, acaso apenas llevo haciéndolo el tiempo que va de mi formación como historiador, lo que se traduce en cosa de cinco años aproximadamente. Tampoco he luchado toda mi vida por el Roxy, como lo han hecho personas cercanas a mí, cuya lucha ha consistido principalmente en no dejarlo morir recordándolo con orgullo y nostalgia. Para ser sinceros, solamente estuve dentro del Roxy en una ocasión, un 4 de febrero del año 2005 cuando Cuca se presentó ahí para celebrar sus quince años de trayectoria. Sin embargo, como músico e historiador —no sé cuál sea el orden jerárquico adecuado, aunque últimamente me he entregado más a los oficios de Clío— siento un compromiso enorme con la historia de la cultura rock, específicamente la que se ha venido forjando en estas tierras del tequila y del mariachi; es decir, esa cultura que hoy en día llamamos parsimoniosamente rock tapatío.

Precisamente porque creo que la construcción de una cultura rockera tapatía de dimensiones históricas, sigue siendo una tarea en proceso. Y también porque creo, junto con Nietzsche, que la historia debe servir a la vida; en este caso, a la vida musical y cultural de nuestra ciudad. Como parte de sus Consideraciones intempestivas, Nietzsche escribió reflexiones críticas sobre la historia de la cultura alemana decimonónica —dominada aún por el positivismo y el historicismo— bajo el título De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. En ese texto, el filósofo alemán asevera que la historia pertenece al ser humano en tres aspectos: “en la medida en que es un ser activo y persigue un objetivo, en la medida en que preserva y venera lo que ha hecho, en la medida en que sufre y tiene necesidad de una liberación. A estos tres aspectos corresponden tres especies de historias, en cuanto se puede distinguir entre una historia monumental, una historia anticuaria y una historia crítica”.

A mi parecer, la historia del rock tapatío sigue entrampada entre una historia de carácter monumental y una de carácter anticuario. El Roxy, específicamente en su etapa actual de remodelación, constituye un reflejo de cómo la cultura rockera tapatía está construyendo su memoria, su historia. A la par de su remozamiento arquitectónico, se está llevando a cabo una resignificación de su carga histórica; pareciera que para hacer del Roxy un espacio de uso común en el futuro, primeramente es necesario crear una historia compartida.

 

Una historia monumental

 

Esa historia compartida se está construyendo a partir de una perspectiva monumental, misma que se nutre de la mixtificación que envuelve al abandonado y desvencijado galerón de la calle Mezquitán. Alejandro Serratos, quien encabeza el proyecto Sala Roxy, es consciente de la importancia que tiene el edificio dentro de la historia de la cultura tapatía. En un vídeo titulado Una mirada a lo que será Sala Roxy, Serratos explica que: “La mayoría de la gente identifica al Roxy por su etapa de 1990 al 2005, que fue cuando se construyó esta identidad de la ‘Catedral del rock’, la ‘Catedral de la expresión’. Pero el Roxy se inauguró en 1937 como cine y después de eso funcionó muchos años como cine, luego como teatro, y tuvo una vida muy importante dentro de la ciudad”.[1]

Aunque Serratos y su equipo reconocen que la historia del Roxy inició desde 1937, el proyecto Sala Roxy se erige sobre los cimientos de la memoria construida durante los noventa, época en la que Rogelio Flores Manriquez convirtió el antiguo cine en un Centro Cultural. Es lógico que el proyecto explote esa parte de la historia del Roxy, puesto que la finalidad de su reactivación es precisamente que funcione como un espacio para la cultura. “El proyecto completo de Sala Roxy es un proyecto de rescate, del edificio principal que es el cine Roxy vinculado a otras propiedades aledañas, pero sobre todo un proyecto de un Centro Cultural”, señala Serratos en el vídeo. En este sentido, quienes forman parte del proyecto Sala Roxy saben que el renovado centro cultural debe erigirse sobre una memoria compartida; Catarina Fortura habla en el mismo vídeo sobre la importancia de crear un vínculo simbólico entre la generación noventera y la generación del milenio: “Recuperar el Roxy, rescatarlo de la ruina, del estado de abandono en que se encuentra actualmente y poder integrarlo en la vida de los ciudadanos, tanto para aquellos que lo conocieron y visitaron y vieron los conciertos del Roxy, como inclusivamente para los más jóvenes, para que esa memoria que no está tan presente pase a constituir también para ellos un lugar de referencia en su vida”.

Pero, ¿a cuál memoria se está haciendo referencia? Catarina Fortura pone énfasis en los conciertos, es decir, una memoria específicamente musical que tiene que ver con el rock y la juventud de los años noventa. Y es que el Roxy se convirtió en un mito precisamente por sus conciertos, pues en su currículum figuran alrededor de 1270 toquínes en un lapso de aproximadamente catorce años, según datos proporcionados por Rogelio Flores en una entrevista.[2] Sin embargo, no se trata de un mito creado por el proyecto Sala Roxy, sino más bien de un mito arraigado fuertemente en la memoria colectiva de quienes formaron parte de esa época. No obstante, la prensa se ha encargado de poner nuevamente en circulación ese mito entre la sociedad actual. “Para muchos tapatíos, el Roxy es sinónimo de una época musical en la que incluso figuras como Radiohead visitaron la ciudad. Con el paso del tiempo, y pese a su desaparición, el sitio ha quedado en el imaginario local como un recuerdo, ahora a punto de renacer”, se lee en las páginas de El Informador del día 3 de febrero de 2017. Siete días después, Edgar Corona escribiría lo siguiente para el diario Más por más: “Reconocido —y hasta cierto punto mitificado— como el foro de conciertos por excelencia de una generación, el Roxy no sólo fue —durante la década de los noventa— el escenario de las presentaciones de grupos mexicanos tan importantes como Caifanes y Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, sino el punto de encuentro entre jóvenes —su mayoría—, quienes rápidamente quedaron enganchados a la magia propia de este lugar de perfil eminentemente underground y alternativo”.

Ahora, ese currículum de conciertos constituye la base sobre la cual se construye una historia de carácter monumental. El Roxy seduce por su pasado mítico y glorioso, aquella época que vio nacer a muchas de las bandas que ahora dominan el mercado de la música y del entretenimiento. Un jovencito que lee las noticias actuales sobre el Roxy, no puede creer que ese desvencijado galerón haya contado con la presencia de Radiohead, por mencionar una banda que ahora agota miles de localidades en cuestión de minutos. El proyecto Sala Roxy ve al Roxy desde la perspectiva de una historia monumental, en la que “los grandes momentos en la lucha de los individuos forman una cadena, que ellos unen a la humanidad a través de los milenios, como crestas humanas de una cordillera, que […] la cumbre de tal momento, hace largo tiempo caducado, sigue todavía viva, luminosa y grandiosa”. Así describe Nietzsche a la historia monumental, donde sólo lo grande, lo luminoso y lo descollante se perpetúa.

Pero también, esa historia monumental cree que todos esos grandes momentos del pasado pueden revivirse, que no están del todo muertos, que basta la voluntad individual y colectiva para traerlos de nuevo al presente, aunque sea mediante la devoción del culto a ese pasado glorioso. El Roxy seduce a sus impulsores y a sus futuros consumidores por otra cuestión ya planteada por Nietzsche y que constituye una de las premisas de la historia monumental: “[si] la grandeza que un día existió fue, en todo caso, una vez posible, sin duda, podrá, otra segunda vez, ser posible”. Ciertamente, no se trata de una mentalidad privativa de las expectativas “monumentalistas” —por llamarlas de alguna manera— en torno al Roxy, pues la vemos incluso como un importante nicho comercial dentro de la industria cultural y las formas de consumir productos culturales. En la actualidad, la atmósfera del consumo cultural está impregnada de una avidez por consumir lo retro, como una forma de rendirle culto a las manifestaciones culturales del pasado: esa manía tan de moda por los llamados revivals. En este sentido, el renovado Roxy sería un revival del Roxy noventero; su reactivación sería una forma de rendirle culto en tanto que edificio emblemático, mítico. Dentro de esta lógica, si el Roxy tuvo una época gloriosa, entonces es posible que pueda gozar de una segunda.

 

Una historia anticuaria

 

Sin embargo, es en este punto donde se genera un conflicto simbólico, expresado específicamente entre un sector de la opinión pública que ve con desconfianza el proyecto Sala Roxy. Ese sector se conforma por personas que ahora rondan los treinta y los cuarenta y tantos años de edad, quienes son verdaderos depositarios de experiencias fundidas al calor de los slams masivos, vividos reiteradas veces en el viejo galerón. Hace poco más de un mes, a inicios de febrero, compartí en mi cuenta de Facebook una nota publicada por El Informador, cuyo título era una especie de oráculo: “El regreso del Roxy, más cerca que nunca”. Para mi sorpresa, la noticia generó un acalorado debate donde tomamos partido un par de amigos y yo. Digo sorpresa, porque al compartir la nota pensé que todos —al igual que yo— estarían entusiasmados con el anunciado regreso. Pero descubrí que había quienes pensaban todo lo contrario, que ese “regreso” del Roxy era imposible. Para Manuel Estrada —un compa que gastaba la mitad de su sueldo en pagar entradas a los toquínes— ese Roxy remodelado no podrá ser lo mismo, simplemente porque “no se pueden restaurar las cicatrices y arrugas de ese viejo tan fácilmente”. Ante tal comentario, no pude evitar juzgarlo por su egoísmo de anticuario.

Pero después, en un momento de reflexión más detenida y menos visceral, entendí que el Caifán —como le apodamos entre la banda— tenía sus razones para querer atesorar aquél Roxy de los años noventa. Porque la historia “pertenece también […] a quien preserva y venera, a quien vuelve la mirada hacia atrás, con fidelidad y amor, al mundo donde se ha formado […] Cultivando con cuidadoso esmero lo que subsiste desde tiempos antiguos, quiere preservar, para los que vendrán después, aquellas condiciones en las que él mismo ha vivido —así sirve a la vida”, dice Nietzsche en sus reflexiones sobre la historia y las formas en que ésta sirve o perjudica al ser humano, describiendo a quienes la conciben desde una visión anticuaria. Así, pude entender que el Caifán estaba librando un combate simbólico por el Roxy, materializado en los comentarios que uno tras otro iban apareciendo durante el debate. “Que lo disfruten las nuevas generaciones, sí, ¡pero tal y como es, sin tanto maquillaje!”, nos refutaba a Roberto Pérez y a mí, que tanto nos ensañamos con él en nuestros comentarios.

Desde la postura del Caifán, la de anticuario, ese resentimiento con el proyecto Sala Roxy es justificable. El culto anticuario al Roxy, que se fundamenta en los principios de la veneración y la preservación, siente como un acto de profanación el hecho de que el inmueble sea intervenido. Para él, el proyecto de remodelación está profanando ese recinto sagrado; la visión anticuaria de la historia considera que ese afán por remozar el Roxy constituye una aberración, una falta de respeto. ¿Por qué razón? Otra vez Nietzsche: “[porque] todo lo que no muestra, respecto de lo antiguo, esta reverencia, o sea, lo que es nuevo y está en fase de realización, es rechazado y encuentra hostilidad”. En efecto, porque para el anticuario el Roxy es un símbolo de reverencia y cada uno de sus componentes arquitectónicos contiene una poderosa carga simbólica; por ende, derruir esos componentes equivale a sepultar parte importante de la historia de una generación, cuya memoria afectiva está bien arraigada a cada una de las piedras del viejo galerón.

Es como si las paredes del Roxy hubiesen sido erigidas por aquellos jóvenes, entregados a la faena de la construcción simbólica donde un sinfín de experiencias hubiesen sido fundidas como lava volcánica, para que luego se convirtiesen en sólidas rocas y con ellas se iniciase la construcción de un acorazado cultural dentro de la ciudad. No es mera metáfora. En realidad, todos aquellos jóvenes asiduos del Roxy se apropiaron de cada rincón del inmueble. Eso lo entendí por el Caifán, en una entrevista que le hice hace poco, después del acalorado debate que tuvo lugar en mi cuenta de Facebook. Sumido en sus recuerdos, locuaz y despreocupado como es al momento de hablar, comenzó a evocar una escena donde sus compas y él jugaban a ser arquitectos simbólicos del Roxy: “¿Tú qué le cambiarías?/ Pues yo pondría los baños atrás, es un pedo para meterse/ No, pero no mames, es que si los pones atrás ya no van a pasar los artistas por ahí, va a valer madre/ Sí, es cierto/ Yo agrandaría el escenario/ No güey, es que si agrandas el pinche escenario ya no vas a poder ver igual, porque te pones en un lugar y ves en breve, ves bien chido/ No, pues no, no funciona eso/ Yo quitaría el mezzanine a la chingada, no más estorba/ No güey, pero pues ya no va a caber tanta gente/ No, pues sí. Y así, éramos arquitectos del Roxy. Total que acabábamos la plática y el Roxy quedaba igual, no tenía nada de modificación, quedaba bien así, estaba chingón”.

Y es que todo aquél que concibe la historia desde una visión anticuaria, sólo sabe y quiere preservar. Por eso, cuando alguien quiere revivir los grandes momentos desde una perspectiva monumental, no hace más que profanar los terrenos del anticuario, quien se empeña en preservar y venerar un pasado petrificado. Para el Caifán, el nuevo Roxy sería algo así como una Catedral Metropolitana construida simbólicamente encima del Templo Mayor, un nuevo Roxy construido sobre escombros. Quizás, en su cabeza resuene esa canción de La Barranca: “eternamente en construcción pero sin plan maestro, esa manía de levantar un templo sobre otro templo”.

 

Hacia una historia crítica

 

Estamos frente a una coyuntura decisiva, en la que podemos y debemos reconstruir una historia crítica en torno al Roxy, que nos conduzca a comprender y explicar un panorama más amplio de lo que era la vida musical y cultural de la Guadalajara noventera. En lo personal, por más que sienta entusiasmo a raíz del nuevo proyecto impulsado por Sala Roxy, por más que el romanticismo del Caifán —que seguramente comparten otras personas— me mueva hacia una postura empática, considero que es necesario romper con las dos visiones que están en juego actualmente: una de carácter monumental y otra de carácter anticuario. Porque si una de las dos visiones llegase a imperar, nuestra historia correría el riesgo de quedar mutilada y eso representa un perjuicio para nuestro presente y nuestro futuro. No se puede vivir saludablemente preservando y venerando un pasado que no podrá servir como impulso para el surgimiento de una cultura renovada; ni mucho menos coleccionando acontecimientos gloriosos que se nos presentan inconexos de un contexto cultural más amplio. Corremos el riesgo de debilitar el presente y de cortar las raíces de un futuro prometedor y vigoroso.

La visión anticuaria es perjudicial al presente porque sólo sabe preservar y venerar el pasado y ve con desconfianza todo lo nuevo; la visión monumental es perjudicial porque olvida segmentos enteros del pasado y sólo recuerda acontecimientos individuales y gloriosamente embellecidos que emergen como solitarios islotes. Una perspectiva crítica debe llevarnos a romper con esas dos visiones, siempre en favor y beneficio para la vida cultural y musical de nuestra ciudad. Debe llevarnos a crear una unidad superior a partir del conocimiento del pasado. Para decirlo con Nietzsche: “El que aspire a forjar y promover la cultura de un pueblo, que forje y promueva esta unidad superior y que colabore en la destrucción de la «culturalidad» moderna, a favor de una verdadera cultura y que ose reflexionar cómo la salud de un pueblo, perturbado por el historicismo, puede ser restablecida y cómo puede redescubrir sus instintos y, con ello, su autenticidad”.

Y es que, insisto, estamos parados en un momento coyuntural de nuestra historia, el cual debemos aprovechar para redescubrirnos como tapatíos. De un tiempo para acá, las políticas y las iniciativas privadas de carácter cultural fundamentan sus acciones de rescate sobre un discurso organicista, en el que se representa al centro de Guadalajara como el corazón de la gran urbe. En su cuenta de Facebook, Enrique Alfaro Ramírez celebró el proyecto Sala Roxy a través de una publicación del 3 de febrero de 2017: “Seguramente los que tenemos más de 30 años guardamos buenos recuerdos del Roxy […] Mi reconocimiento a los inversionistas que se aventaron el reto de renovarlo cuidando su imagen original, que es patrimonio cultural. En el Gobierno de Guadalajara nos sumamos al esfuerzo y vamos a rescatar su entorno, como parte de nuestro compromiso para reactivar el Corazón de la Ciudad”. Así, el centro tapatío se nos presenta como un corazón en agonía, al que se hace imperante devolverle sus latidos. Es una iniciativa loable, desde luego, pero si ya lo estamos viendo todo desde una óptica organicista, hay que decir que para que ese corazón sea rebosante en un futuro, necesita forzosamente una memoria lúcida. Ocurre que los tapatíos nos hemos puesto muy románticos y pasionales últimamente. Sin embargo, ¿de qué nos sirve un corazón rimbombante si nuestra memoria es amnésica? Una memoria dominada por el sentimentalismo de la nostalgia y la mixtificación es una memoria frágil; caminaríamos vanidosamente por la vida, pavoneándonos, pero con la probabilidad amenazante de tropezar y golpearnos fuertemente en el ego.

Si “la ciudad somos todos”, entonces todos debemos tomar partido en la reconstrucción de esa memoria, simplemente porque la historia de un pueblo se construye de múltiples actores y de un sinfín de acontecimientos —no sólo políticos, sino también de aquellos que forman parte de la vida cotidiana—. Aunque eso sí, esa reconstrucción deberá realizarse bajo la guisa del sentido crítico. Y eso implica someter la historia a juicio, confrontar los pasionalismos que nos conducen de vuelta a la nostalgia y la mixtificación. Sucede que cuando el panorama histórico se nos presenta como una inmensidad oscura, impenetrable ante nuestros ojos, cualquier destello que salta a la vista nos embelesa y nos dejamos seducir. Parafraseando a Fernand Braudel, emblemático historiador de la escuela francesa, la historia del Roxy —la que va de 1990 al 2005 aproximadamente— es hasta el momento una historia episódica, centrada en su conjunto sobre la glorificación de los  «grandes acontecimientos» —léase conciertos—, es decir, una historia cuya memoria “ha trabajado en y sobre el tiempo corto”.[3]

No podemos quedarnos con una historia episódica del Roxy, compuesta únicamente por la remembranza de grandes conciertos y de anécdotas individuales, pues estos componentes constituyen más bien hechos aislados de un contexto mucho más complejo. El Roxy no fue un islote en medio del mar de la nada, ni lo es en la actualidad ni tampoco lo seguirá siendo mientras tenga vida. Por tal razón, la historia del Roxy debe ser sometida a un análisis crítico, con miras a comprenderlo y explicarlo con relación a sus contextos culturales. De pronto nos hallamos en medio de un bosque desconocido, parados frente a un árbol inmenso que ha llamado nuestra atención por su aura mística; poderosamente cautivados, ese árbol se vuelve objeto de culto y reverencia; y ahí estamos, hechizados al grado de no prestarle importancia a la majestuosidad entera del paisaje.

 

Notas

[1] Véase: https://www.facebook.com/salaroxy/videos/359831644401977/?pnref=story

[2] Rodolfo Che Bañuelos, “Mezquitán ochenta”, en Rafael Valenzuela Cardona (coord.), El rock tapatío. La historia por contar, FEU-Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México, 2004, pp. 75-87.

[3] Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial, Madrid, España, 1970, p. 66.

La “Beatlemanía” en Guadalajara

Por David Moreno Gaona

A partir de 1964 aparecieron artículos en El Informador referentes a la nueva moda que causaba furor en la juventud. Se hablaba de Los Beatles como “Los Cuatro Personajes más Importantes del Reino Unido”; en un tono sarcástico, a veces irónico y ofensivo, se comentaba que “con sus cabellos de pájaros del trópico, con su ritmo lento y obsesionante, los Beatles entusiasman a la juventud anglosajona”.[1]

La moda que pregonaba el cuarteto causó alarma en la opinión pública, refiriendo que el uso de melenas por parte de los muchachos representaba una amenaza directa a las buenas costumbres, así como un cuestionamiento frontal a las normas convencionales de género. Un articulista que firmó varias notas con el pseudónimo de “P. Lussa”, advertía a finales de 1965 lo siguiente:

De poco tiempo a esta parte se ha desatado un antimelenismo que amenaza con tener alcances mundiales, porque de ello hay brotes lo mismo en Roma que en París, Inglaterra y Estados Unidos, y ya en México está sucediendo lo mismo […] fueron los ‘papanatas’ de los Beatles, —calificados así en Inglaterra— quienes revivieron el melenismo en años recientes, escandalizaron con él, y lograron hacerse notar en algo que nada valen: la música. Si no hubiera sido por sus melenas de tipo femenil, —inclusive parecen jotos— su música hubiera pasado desapercibida como la de tantos otros maletas de su misma ganadería y encornadura […] Los demás, los imitadores de Los Beatles, no son sino gachos […] por eso mismo ya los están pelando en Roma, París, Londres, México y Guadalajara […] Jotos y melenudos comenzaron a ser lo mismo, y por eso ya los están pelando en todas partes […] si usted es melenudo, así sea de los ‘otros’ o no, por las dudas pélese antes de que lo pelen por ahí en la calle.[2]

 

En otra ocasión, el mismo articulista hacía una caracterización negativa de los jóvenes que comenzaban a imitar a los Beatles. Haciendo énfasis en su estética afeminada, señalaba que “ahora estamos llenos de mechudos que medio tocan guitarras de esas alacranadas, gritan ante los micrófonos, y hacen con todo ello eso que llaman música ‘moderna’ […] el otro día vimos a uno de esos entes greñudos, con cara de joto, cantando ante un micrófono. Este sujeto que lleva el pelo hasta los hombros, tiene una cara como de máscara michoacana y, a juzgar por sus gestos y contorsiones es muy, pero ¡muy! De los otros”.[3]

Por otra parte, aunado al fenómeno de la Beatlemanía, la nueva moda femenil desató una serie de controversias. Modelos juveniles femeninos como Nancy Sinatra y Pattie Boyd promovieron una nueva estética que amenazaba con subvertir la convencionalidad. Al respecto, una articulista escribió para El Informador lo siguiente:

Corta, corta, cada vez más corta, locamente corta, diabólicamente corta, la mini-falda ha perdido el dobladillo. Ya no conoce los límites […] Un día, se ve la rodilla en su forma entera. Al día siguiente se ve el muslo. Y al día después…… Nos estremecemos al pensar si la mini-falda no supiera detenerse. Pattie Boyd, la esposa de George Harrison, guitarrista de los Beatles, de regreso a la City de su viaje de luna de miel, casi como Nancy, hija del gran Sinatra, parecen no inquietarse de los futuros impúdicos de la mini-falda. En las calles de Londres pasean orgullosamente sus lindas piernas, asombradas solamente del asombro de los transeúntes.[4]

 

Otros elementos estéticos como los maquillajes exagerados y el uso de jeans por parte de las muchachas, fueron motivo de alarma entre la opinión pública más conservadora, quienes a través de los discursos apelaban al mantenimiento de las normas tradicionales de género. En el año de 1966 una nota hizo una llamada de atención a las mujeres para tomar medidas al respecto:

Veamos a lo que hemos llegado. Jovencitas de ojos exageradamente maquillados y labios anémicos entalladas en pantalones que les entran con calzador, y jóvenes con melena ondulada al hombro sudando copiosamente. ¡Qué desvergüenza! ¿Por qué hemos de exagerar siempre la nota imitando a los condecorados y extranjeros Beatles que engrosaron el tesoro del imperio británico? —Mechudos a pelarse— […] La mujer tiene gran parte de la culpa. ¿Por qué permiten eso las madres, novias, hermanas a esos pseudovarones? […] Si la juventud es promesa de la patria, ya podemos imaginar en un futuro no lejano a los mechudos y jovencitas con ojos de ‘noche oscura’ en oficinas, consultorios, escuelas, despachos jurídicos, etc., atendiendo sus labores. Pero no, no, eso no, nunca se verá. El hombre seguirá siendo viril y la mujer no se degradará del lugar excelso en que el cristianismo la colocó. Y en los hogares volverá la cordura y el sentido común imperará.[5]

 

Sin embargo, la difusión de la Beatlemanía no encontró obstáculos en Guadalajara. Las casas musicales anunciaban los discos de los Beatles y los cines estrenaban sus películas.[6] El 25 de agosto de 1965 se anunció en la prensa local el estreno de la película ¡Yeah, yeah, yeah! (A hard day’s Night) en el cine Metropolitan: “¡Protagonizando su primera película de largo metraje, llena de acción y gracia! Los Beatles”.[7] (Fig.) Víctor González relata su experiencia como asistente a la proyección de la película de la siguiente manera: “Cuando se exhibió la película ¡Yeah, yeah, yeah! en el cine Metropolitan, en la Calzada, yo me vestí como Beatle; vendían unas botas Ringo en la Canadá y yo tenía las mías, pantalones entubados negros, mi saco negro y mi cuello negro tipo mao, y el pelo para abajo. Yo me sentía un Beatle, llegamos al cine y la emoción: las chiquillas se desmayaban de ver la película. ¡Salí yo hecho un Beatle!”.[8]

Hard's day

Cartel promocional de la película ¡Yeah, yeah, yeah! Fuente: El Informador, 25 de agosto de 1965, p. 6-B.

Por otra parte, el tema de la Beatlemanía había llegado incluso al ámbito académico. En la revista EtCaetera, dirigida por Adalberto Navarro Sánchez, se publicó un ensayo titulado “Los Beatles y su época” escrito por Donato Ruiz. Antes de su publicación, el ensayo había sido leído por el autor a principios de 1966 en la Casa de la Cultura Jalisciense.[9] El ensayo pone énfasis en el carácter representativo de los Beatles entre la cultura juvenil cosmopolita, tratando de hacer un análisis sobre las posibles consecuencias de la Beatlemanía:

Los Beatles vienen a constituirse, a través de sus canciones y films, en los reyes fugaces —al estilo de los reyes estudiantiles medievales— en los que la juventud de los sesentas se siente liberada y elevada al poder y la gloria. Imitar sus gestos, su despeinado, su vestimenta, deviene un modo de impregnarse de su mítica substancia, de comulgar mágicamente con ellos y dar al mundo la imagen infinitamente repetida del joven total y esencial […] En veinte años los cabellos han crecido, no son hasta el cuello, sino hasta los hombros; los libais y sweters de cuello de tortuga han reemplazado al pantalón y la camisa de cuello con corbata negra […] No creo que estas influencias lleguen a calar hondo en la conducta de la juventud mexicana, ya que si bien es cierto que en nuestros días el largo del cabello masculino entre los adolescentes mexicanos citadinos ha aumentado, su largo no ha crecido más que el de los jóvenes existencialistas de hace veinte años […] Creo que aparte de eso la influencia de la beatle-manía entre la gente del campo es nula; en cambio en las grandes ciudades y sobre todo en la clase media metropolitana su influencia se ha dejado sentir en los últimos meses como consecuencia del estreno de sus películas.[10]

 

En efecto, el distanciamiento entre jóvenes y adultos se hacía cada vez más evidente, sobre todo en los elementos estéticos de la cultura juvenil. Sin embargo, probablemente fueron los hombres quienes desarrollaron de forma más notoria la apropiación de las melenas. Por su parte, al preguntarle a Blanca Aldrete si las muchachas usaron jeans o minifaldas durante los sesenta contestó lo siguiente: “No, nosotras éramos de vestido, cuando mucho a la rodilla. Yo me puse mi primer pantalón como en el ochenta. No era usual”.[11]

Para 1967, la opinión pública se alarmaba de una nueva tendencia juvenil que parecía mucho más amenazante. Una nota publicada en ese año señalaba otros aspectos de la conducta juvenil nacidos en Inglaterra: “ya no se trata de los muchachos desmelenados y de estrafalario vestir cuyo ejemplo máximo son los Beatles; son sus sucesores, que han avanzado en la conducta pública y en el exhibicionismo o caracteres que visiblemente tienden a borrar o por lo menos a disminuir las condiciones especialmente humanas de masculinidad y feminidad”.[12] En efecto, el fenómeno de la Beatlemanía encontraba su final ante la creciente difusión de la parafernalia hippie que comenzó a pregonar la nueva ola de grupos roqueros. Desde el Distrito Federal, llegaban noticias a Guadalajara que advertían sobre la creciente entrada a México de hippies extranjeros. Al poco tiempo, los jóvenes mexicanos comenzarían a construir una nueva cultura que despertaría renovadas confrontaciones entre lo moderno y lo tradicional. A partir de la apropiación de nuevos elementos como la psicodelia, la cultura juvenil se reelaboraría a sí misma, fijando signos de identificación, así como prácticas rituales que le permitió diferenciarse de los rocanroleros de la época de oro y de los adultos.

Los xipitecas y los Beatles 

 La creciente llegada de jóvenes autodenominados hippies al centro del país a partir de 1967, comenzó a causar alarma entre los distintos sectores defeños quienes veían en ellos una juventud indeseada.[13] Al año siguiente, la prensa tapatía lanzó fuertes críticas contra la nueva música hippy por su relación con el uso de drogas. Un articulista se preguntaba qué quería decir eso de “sicodelia”, y al respecto señalaba que hacía referencia al:

estado síquico producido por las substancias alucinantes, como los hongos de la Costa Chica, o el peyote, lo cual es en resumen un estado de perturbación mental, de síntomas claramente patológicos […] esta palabra fue inventada por los ingleses para describir el proceso mental de los ‘hippies’ y tal vez también el de los ‘Beatles’, que también le hacen al hongo, al LSD, al peyote, a la ‘grifa’ o mariguana, y a todo lo que les haga un efecto parecido.[14]

 

En este sentido, la prensa contribuyó a la construcción del imaginario que relacionaba al rock y al cabello largo con el uso de drogas y con la rebeldía —entendida como un relajamiento moral—. Los sectores conservadores consideraron las “composiciones hippy-yippy” como “antimelódicas, de muy mal gusto y carentes de propósito”.[15] Así mismo, el cabello largo fue criticado por grupos conservadores como un afeminamiento de la juventud, a la vez que representaba una imagen vergonzosa frente al estereotipo de masculinidad jalisciense representada por el charro bravío. Al respecto, una nota hizo un llamado para que: “los jóvenes mexicanos que han dado en afeminarse con sus ropajes y costumbres, vuelvan en breve a la masculinidad que abandonaron, y al machismo que tanto admiran las mujeres y que en Jalisco, principalmente, nos ha dado fama en canciones y películas”.[16] El “greñudismo” era considerado como algo “repugnante y piojoso que iniciaron los Beatles y después cundió a los ‘hippies’”.[17] Roberto Pérez recuerda la estigmatización de que la juventud fue producto a partir de estos años:

Te veían con el pelo largo y era sinónimo de pacheco, incluso cuando yo entré a la escuela de música —tenía veintiún años—, tenían la idea de que yo era loco, aunque me veía muy sano de la cara y todo eso, pero simplemente el traer el pelo largo, vestir pantalones de mezclilla todos parchados… Andar así era un sinónimo, pero no tenía nada que ver con la realidad. Mucha gente aquí en Guadalajara se dejaba llevar por el estereotipo, y más adelante, en los setentas sí estaba pesado; podías ser un intelectual o un  bohemio, pero con el simple hecho de verte de esa manera, ya te estigmatizaban, te condenaban, te satanizaban. Y decías, “no es cierto, yo no soy así, pero me gusta andar así”, y generalmente creo que pasaba con mucha gente. Nos gustaba vestirnos como queríamos.[18]

 

En efecto, la nueva cultura juvenil adoptó rasgos y posturas contraculturales que marcaron una distancia abismal entre rocanroleros y onderos. Algunos músicos que se habían dedicado a tocar refritos durante los sesenta mantuvieron un distanciamiento frente a la nueva moda psicodélica. El testimonio de Víctor M. González ejemplifica muy bien este hecho; menciona que en un primer momento adoptaron la moda hippie, pero advirtiendo siempre un límite (una alteridad) con el uso de drogas:

Nosotros andábamos vestidos de hippies, con collares, símbolos de amor y paz, guaraches, flores. Mi bajo lo tenía pintado fluorescente, ponía una luz negra en el escenario y se veía bien padre. Poníamos letreros: “Hagamos el amor y no la guerra”, “Amor y paz”, como John Lennon. Traíamos un carro pintado completamente con flores y símbolos de amor y paz. El dueño del carro tenía un amigo que se lo pintó. Se animó y así andaba en la calle. Pero eso ya fue otra cosa, nada que ver, la gente ya empezó con las drogas y todo eso.[19]

 

Sin embargo, resulta arriesgado asegurar que la circulación de drogas se haya dado de manera generalizada y común entre la juventud roquera de finales de los sesenta. Lo que sí se puede afirmar es el hecho de que la cultura juvenil cambió a partir de estos años, despertando renovados conflictos con las culturas parentales e institucionales.

En este sentido, los adultos llevaron a cabo estrategias para interferir los gustos musicales de los jóvenes. En las escuelas, los profesores intentaron cultivar en los alumnos el gusto por la música clásica y folclórica; una nota publicada en El Occidental refería que estos estilos musicales provocaban sentimientos de grandeza, mientras que la música moderna:

No es propiamente un ritmo que llame a los valores morales, al contrario despierta los instintos que se encuentran en estado apacible del individuo. Además la música moderna no puede constituirse en folklórica; porque no reúne las condiciones requeridas, desde luego que dentro de diez años no vamos a ver bailar el “Bule-Bule”, como actualmente se baila un jarabe, son o danza autóctona […] No nos explicamos cómo en muchas escuelas, en vez de ir llevando poco a poco a las juventudes hacia la buena música, los orillan más a la moderna; debe desaparecer la costumbre de en los intermedios de clases poner discos de moda por música selecta, para así de una manera graduada y sin notarse el cambio brusco, nuestros jóvenes vayan prefiriendo la música, que realmente merece llamarse así: música.[20]

 

Es evidente que ante la creciente popularidad de la nueva ola de grupos entre la juventud, la sociedad tapatía experimentó renovados temores ante los excesos indeseados de la incesante modernidad. Si el disfrute del rocanrol había quedado circunscrito al sano entretenimiento dancístico durante la década de los sesenta, ahora el rock amenazaba una vez más con poner en crisis a los valores patriarcales y los símbolos nacionalistas. De hecho, la situación parecía más alarmante al momento que la prensa difundía noticias sobre los hippies, su vestir estrafalario, su gusto por el rock y las drogas. Refiriéndose a ellos como un “grupo de malvivientes”, apareció en El Informador una noticia sobre la detención de un grupo de jóvenes “hippies” que se dirigían a Huautla de Jiménez, Oaxaca, atraídos por los hongos alucinógenos que causaban revuelo a nivel mundial.[21] La nota refería que:

El paraíso “hippie” de Huautla de Jiménez, Oax., será clausurado definitivamente, según     informaron agentes de Gobernación, después de aprehender a 24 “hippies” extranjeros y 67 mexicanos, cuando se dirigían hacia dicho centro […] Las edades de estos drogadictos fluctúan entre los 18 y 30 años […] El centro de Huautla de Jiménez […] trascendió ya las fronteras de nuestro país, y se tienen informes que entre los muchos visitantes que han llegado hasta ese lugar se cuentan “Los Beatles”, Elizabeth Taylor y Richard Burton. Así lo atestiguan reportajes que publicaciones extranjeras han dedicado a este lugar, famoso por su gran producción de hongos.[22]

 

Una vez más se relacionaba a Los Beatles con el uso de drogas. A partir de este tipo de noticias, hubo padres de familia que vigilaron muy de cerca el consumo musical de sus hijos. Roberto Pérez Sánchez recuerda que el entorno familiar en su casa era muy rígido en este sentido:

Tan rígidos que, me acuerdo, el primer disco de rock que compré —fue un disco que me costó como dos pesos o algo así—, fue marca Polydor. Tenía My bonnie, Ya-ya, What’d I say, y Cry for a shadow. Era un disco de Los Beatles, curiosamente el disco con el que los descubrió Brian Epstein. Yo compré ese disco y se me desapareció. Entonces mi papá me desaparecía eso; se me desaparecieron discos de Ten Years After, y no sé de quién más. Se enojaba porque yo empezaba a comprar más discos que pantalones, y toda esa cosa.[23]

 

En efecto, a raíz de la nueva ola resurgieron las confrontaciones entre el patriarcado y la cultura juvenil. Incluso, para el año de 1970 se organizó un concierto de música moderna (con canciones de Led Zeppelin, Rolling Stones, Los Beatles y otros) en la secundaria número 5, con grupos en los que participaron algunos alumnos de la escuela como H2O, los Helions y los Five Night. Luego del concierto de rock, el personal de la escuela organizaría un concierto de “música clásica para que los alumnos contrastaran ambos estilos y así acercarlos al conocimiento de la música clásica”.[24]

La música se convirtió en un elemento identitario bastante fuerte entre la juventud roquera, al mismo tiempo que marcaba fronteras con los adultos en términos de gustos y sensibilidad musicales. Una columna que apareció en El Informador, escrita probablemente por una persona joven, hacía notar que en México:

Los nuevos ritmos dan un balance altamente positivo. Porque la juventud de las grandes ciudades va olvidándose de aquellos boleros, expresión morbosa y sentimentaloide de pasionalismos estúpidos, de adulterios, de escenas de cabaret y mujeres de vida liviana; también la música ranchera, falsamente entendida como manifestación del alma nacional, que no puede quedarse con esa visión del campesino borracho, asesino, enamorado de todas las mujeres […] va perdiendo terreno cada día entre los jóvenes para dejar paso a los nuevos estilos de una música que renace y alcanza ya calidades universales.[25]

 

NOTAS

[1] ‘’Los Cuatro Personajes más Importantes del Reino Unido’’, El Informador, abril 19, 1964, 15-C.

[2] ‘’ ¡A Pelar Mechudos…!’’, El Informador, noviembre 21, 1965, 4-A.

[3] ‘’El Beatle…ismo’’, El Informador, enero 2, 1966, 4-A.

[4] “El Escándalo de las Faldas Ultra-cortas”, El Informador, mayo 2, 1966, 8-C.

[5] “Rincón Femenil”, El Informador, enero 16, 1966, 16-C.

[6] Véase por ejemplo “El fenómeno del momento”, El Informador, mayo 28, 1964, p. 10-A.

[7] “Los Beatles”, El Informador, agosto 25, 1965, p. 6-B.

[8] Entrevista a Víctor M. González Canizalez, realizada el 24 de julio de 2015.

[9] “Agenda de la cultura”, El Informador, febrero 12, 1967, p. 4-A.

[10] Donato Ruiz, “Los Beatles y su época”, en EtCaetera, Núms. 2-4, abril-diciembre de 1966, año 1, segunda época, pp. 94-111.

[11] Entrevista a Blanca Margarita Aldrete Rodríguez, realizada el 29 de agosto de 2015.

[12] “Esta Juventud Desconcertante”, El Informador, enero 15, 1967, pp. 4-A y 5-A.

[13] En fecha cercana a la realización de los Juegos Olímpicos, la juventud hippie “no era la clase de turistas que el gobierno deseaba atraer […] aunque irónicamente, la base utilizada para promover el turismo y la cultura era una romántica imagen folclórica de un México exótico y ‘perdido’ que aguardaba ser redescubierto”. Véase Eric Zolov, Rebeldes con causa. La contracultura mexicana y la crisis del Estado Patriarcal, Norma, México, 2002, pp. 131-134.

[14] “Charlas de sobremesa”, El Informador, febrero 1, 1968, p. 4-A.

[15] “Música hippy-yippy”, El Informador, noviembre 12, 1969, p. 4-A.

[16] “Comentarios al días”, El Informador, febrero 13, 1969.

[17] “Estamos a medio pan”, El Informador, diciembre 3, 1970, p. 4-A.

[18] Entrevista a Roberto Pérez Sánchez, realizada el 15 de julio de 2015.

[19] Entrevista a Víctor M. González Canizalez, realizada el 24 de julio de 2015.

[20] “La juventud y la música moderna”, El Occidental, julio 20, 1969, citado en José Guillermo Puga Pérez, Los orígenes psicodélicos del rock en Guadalajara (1967-1974), Universidad de Guadalajara, CUCSH, Guadalajara, México, Tesis de Licenciatura, 2011, p. 16.

[21] Sobre un análisis más detallado de este caso véase Eric Zolov, op. Cit., pp. 131-136.

[22] “Redada de Hippies por Gobernación; Clausuran su ‘Paraíso’ en Oaxaca”, El Informador, julio 12, 1969, primera plana.

[23] Entrevista a Roberto Pérez Sánchez, realizada el 15 de julio de 2015.

[24] “Primer concierto de música moderna”, El Occidental, enero 17, 1970, citado en José Guillermo Puga Pérez, op. Cit., p. 15.

[25] “Rock ‘n’ Roll”, El Informador, octubre 26, 1969, p. 4-C.