Combates por el Roxy

Por David Moreno Gaona

                                                   

No será Mis combates, claro que no; nunca he luchado en favor mío ni tampoco contra tal o cual persona determinada. Será Combates por la historia, ya que por ella he luchado toda mi vida.

[Lucien Febvre, Combates por la historia]

 

 

 

Yo no he luchado toda mi vida por la historia, acaso apenas llevo haciéndolo el tiempo que va de mi formación como historiador, lo que se traduce en cosa de cinco años aproximadamente. Tampoco he luchado toda mi vida por el Roxy, como lo han hecho personas cercanas a mí, cuya lucha ha consistido principalmente en no dejarlo morir recordándolo con orgullo y nostalgia. Para ser sinceros, solamente estuve dentro del Roxy en una ocasión, un 4 de febrero del año 2005 cuando Cuca se presentó ahí para celebrar sus quince años de trayectoria. Sin embargo, como músico e historiador —no sé cuál sea el orden jerárquico adecuado, aunque últimamente me he entregado más a los oficios de Clío— siento un compromiso enorme con la historia de la cultura rock, específicamente la que se ha venido forjando en estas tierras del tequila y del mariachi; es decir, esa cultura que hoy en día llamamos parsimoniosamente rock tapatío.

Precisamente porque creo que la construcción de una cultura rockera tapatía de dimensiones históricas, sigue siendo una tarea en proceso. Y también porque creo, junto con Nietzsche, que la historia debe servir a la vida; en este caso, a la vida musical y cultural de nuestra ciudad. Como parte de sus Consideraciones intempestivas, Nietzsche escribió reflexiones críticas sobre la historia de la cultura alemana decimonónica —dominada aún por el positivismo y el historicismo— bajo el título De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. En ese texto, el filósofo alemán asevera que la historia pertenece al ser humano en tres aspectos: “en la medida en que es un ser activo y persigue un objetivo, en la medida en que preserva y venera lo que ha hecho, en la medida en que sufre y tiene necesidad de una liberación. A estos tres aspectos corresponden tres especies de historias, en cuanto se puede distinguir entre una historia monumental, una historia anticuaria y una historia crítica”.

A mi parecer, la historia del rock tapatío sigue entrampada entre una historia de carácter monumental y una de carácter anticuario. El Roxy, específicamente en su etapa actual de remodelación, constituye un reflejo de cómo la cultura rockera tapatía está construyendo su memoria, su historia. A la par de su remozamiento arquitectónico, se está llevando a cabo una resignificación de su carga histórica; pareciera que para hacer del Roxy un espacio de uso común en el futuro, primeramente es necesario crear una historia compartida.

 

Una historia monumental

 

Esa historia compartida se está construyendo a partir de una perspectiva monumental, misma que se nutre de la mixtificación que envuelve al abandonado y desvencijado galerón de la calle Mezquitán. Alejandro Serratos, quien encabeza el proyecto Sala Roxy, es consciente de la importancia que tiene el edificio dentro de la historia de la cultura tapatía. En un vídeo titulado Una mirada a lo que será Sala Roxy, Serratos explica que: “La mayoría de la gente identifica al Roxy por su etapa de 1990 al 2005, que fue cuando se construyó esta identidad de la ‘Catedral del rock’, la ‘Catedral de la expresión’. Pero el Roxy se inauguró en 1937 como cine y después de eso funcionó muchos años como cine, luego como teatro, y tuvo una vida muy importante dentro de la ciudad”.[1]

Aunque Serratos y su equipo reconocen que la historia del Roxy inició desde 1937, el proyecto Sala Roxy se erige sobre los cimientos de la memoria construida durante los noventa, época en la que Rogelio Flores Manriquez convirtió el antiguo cine en un Centro Cultural. Es lógico que el proyecto explote esa parte de la historia del Roxy, puesto que la finalidad de su reactivación es precisamente que funcione como un espacio para la cultura. “El proyecto completo de Sala Roxy es un proyecto de rescate, del edificio principal que es el cine Roxy vinculado a otras propiedades aledañas, pero sobre todo un proyecto de un Centro Cultural”, señala Serratos en el vídeo. En este sentido, quienes forman parte del proyecto Sala Roxy saben que el renovado centro cultural debe erigirse sobre una memoria compartida; Catarina Fortura habla en el mismo vídeo sobre la importancia de crear un vínculo simbólico entre la generación noventera y la generación del milenio: “Recuperar el Roxy, rescatarlo de la ruina, del estado de abandono en que se encuentra actualmente y poder integrarlo en la vida de los ciudadanos, tanto para aquellos que lo conocieron y visitaron y vieron los conciertos del Roxy, como inclusivamente para los más jóvenes, para que esa memoria que no está tan presente pase a constituir también para ellos un lugar de referencia en su vida”.

Pero, ¿a cuál memoria se está haciendo referencia? Catarina Fortura pone énfasis en los conciertos, es decir, una memoria específicamente musical que tiene que ver con el rock y la juventud de los años noventa. Y es que el Roxy se convirtió en un mito precisamente por sus conciertos, pues en su currículum figuran alrededor de 1270 toquínes en un lapso de aproximadamente catorce años, según datos proporcionados por Rogelio Flores en una entrevista.[2] Sin embargo, no se trata de un mito creado por el proyecto Sala Roxy, sino más bien de un mito arraigado fuertemente en la memoria colectiva de quienes formaron parte de esa época. No obstante, la prensa se ha encargado de poner nuevamente en circulación ese mito entre la sociedad actual. “Para muchos tapatíos, el Roxy es sinónimo de una época musical en la que incluso figuras como Radiohead visitaron la ciudad. Con el paso del tiempo, y pese a su desaparición, el sitio ha quedado en el imaginario local como un recuerdo, ahora a punto de renacer”, se lee en las páginas de El Informador del día 3 de febrero de 2017. Siete días después, Edgar Corona escribiría lo siguiente para el diario Más por más: “Reconocido —y hasta cierto punto mitificado— como el foro de conciertos por excelencia de una generación, el Roxy no sólo fue —durante la década de los noventa— el escenario de las presentaciones de grupos mexicanos tan importantes como Caifanes y Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, sino el punto de encuentro entre jóvenes —su mayoría—, quienes rápidamente quedaron enganchados a la magia propia de este lugar de perfil eminentemente underground y alternativo”.

Ahora, ese currículum de conciertos constituye la base sobre la cual se construye una historia de carácter monumental. El Roxy seduce por su pasado mítico y glorioso, aquella época que vio nacer a muchas de las bandas que ahora dominan el mercado de la música y del entretenimiento. Un jovencito que lee las noticias actuales sobre el Roxy, no puede creer que ese desvencijado galerón haya contado con la presencia de Radiohead, por mencionar una banda que ahora agota miles de localidades en cuestión de minutos. El proyecto Sala Roxy ve al Roxy desde la perspectiva de una historia monumental, en la que “los grandes momentos en la lucha de los individuos forman una cadena, que ellos unen a la humanidad a través de los milenios, como crestas humanas de una cordillera, que […] la cumbre de tal momento, hace largo tiempo caducado, sigue todavía viva, luminosa y grandiosa”. Así describe Nietzsche a la historia monumental, donde sólo lo grande, lo luminoso y lo descollante se perpetúa.

Pero también, esa historia monumental cree que todos esos grandes momentos del pasado pueden revivirse, que no están del todo muertos, que basta la voluntad individual y colectiva para traerlos de nuevo al presente, aunque sea mediante la devoción del culto a ese pasado glorioso. El Roxy seduce a sus impulsores y a sus futuros consumidores por otra cuestión ya planteada por Nietzsche y que constituye una de las premisas de la historia monumental: “[si] la grandeza que un día existió fue, en todo caso, una vez posible, sin duda, podrá, otra segunda vez, ser posible”. Ciertamente, no se trata de una mentalidad privativa de las expectativas “monumentalistas” —por llamarlas de alguna manera— en torno al Roxy, pues la vemos incluso como un importante nicho comercial dentro de la industria cultural y las formas de consumir productos culturales. En la actualidad, la atmósfera del consumo cultural está impregnada de una avidez por consumir lo retro, como una forma de rendirle culto a las manifestaciones culturales del pasado: esa manía tan de moda por los llamados revivals. En este sentido, el renovado Roxy sería un revival del Roxy noventero; su reactivación sería una forma de rendirle culto en tanto que edificio emblemático, mítico. Dentro de esta lógica, si el Roxy tuvo una época gloriosa, entonces es posible que pueda gozar de una segunda.

 

Una historia anticuaria

 

Sin embargo, es en este punto donde se genera un conflicto simbólico, expresado específicamente entre un sector de la opinión pública que ve con desconfianza el proyecto Sala Roxy. Ese sector se conforma por personas que ahora rondan los treinta y los cuarenta y tantos años de edad, quienes son verdaderos depositarios de experiencias fundidas al calor de los slams masivos, vividos reiteradas veces en el viejo galerón. Hace poco más de un mes, a inicios de febrero, compartí en mi cuenta de Facebook una nota publicada por El Informador, cuyo título era una especie de oráculo: “El regreso del Roxy, más cerca que nunca”. Para mi sorpresa, la noticia generó un acalorado debate donde tomamos partido un par de amigos y yo. Digo sorpresa, porque al compartir la nota pensé que todos —al igual que yo— estarían entusiasmados con el anunciado regreso. Pero descubrí que había quienes pensaban todo lo contrario, que ese “regreso” del Roxy era imposible. Para Manuel Estrada —un compa que gastaba la mitad de su sueldo en pagar entradas a los toquínes— ese Roxy remodelado no podrá ser lo mismo, simplemente porque “no se pueden restaurar las cicatrices y arrugas de ese viejo tan fácilmente”. Ante tal comentario, no pude evitar juzgarlo por su egoísmo de anticuario.

Pero después, en un momento de reflexión más detenida y menos visceral, entendí que el Caifán —como le apodamos entre la banda— tenía sus razones para querer atesorar aquél Roxy de los años noventa. Porque la historia “pertenece también […] a quien preserva y venera, a quien vuelve la mirada hacia atrás, con fidelidad y amor, al mundo donde se ha formado […] Cultivando con cuidadoso esmero lo que subsiste desde tiempos antiguos, quiere preservar, para los que vendrán después, aquellas condiciones en las que él mismo ha vivido —así sirve a la vida”, dice Nietzsche en sus reflexiones sobre la historia y las formas en que ésta sirve o perjudica al ser humano, describiendo a quienes la conciben desde una visión anticuaria. Así, pude entender que el Caifán estaba librando un combate simbólico por el Roxy, materializado en los comentarios que uno tras otro iban apareciendo durante el debate. “Que lo disfruten las nuevas generaciones, sí, ¡pero tal y como es, sin tanto maquillaje!”, nos refutaba a Roberto Pérez y a mí, que tanto nos ensañamos con él en nuestros comentarios.

Desde la postura del Caifán, la de anticuario, ese resentimiento con el proyecto Sala Roxy es justificable. El culto anticuario al Roxy, que se fundamenta en los principios de la veneración y la preservación, siente como un acto de profanación el hecho de que el inmueble sea intervenido. Para él, el proyecto de remodelación está profanando ese recinto sagrado; la visión anticuaria de la historia considera que ese afán por remozar el Roxy constituye una aberración, una falta de respeto. ¿Por qué razón? Otra vez Nietzsche: “[porque] todo lo que no muestra, respecto de lo antiguo, esta reverencia, o sea, lo que es nuevo y está en fase de realización, es rechazado y encuentra hostilidad”. En efecto, porque para el anticuario el Roxy es un símbolo de reverencia y cada uno de sus componentes arquitectónicos contiene una poderosa carga simbólica; por ende, derruir esos componentes equivale a sepultar parte importante de la historia de una generación, cuya memoria afectiva está bien arraigada a cada una de las piedras del viejo galerón.

Es como si las paredes del Roxy hubiesen sido erigidas por aquellos jóvenes, entregados a la faena de la construcción simbólica donde un sinfín de experiencias hubiesen sido fundidas como lava volcánica, para que luego se convirtiesen en sólidas rocas y con ellas se iniciase la construcción de un acorazado cultural dentro de la ciudad. No es mera metáfora. En realidad, todos aquellos jóvenes asiduos del Roxy se apropiaron de cada rincón del inmueble. Eso lo entendí por el Caifán, en una entrevista que le hice hace poco, después del acalorado debate que tuvo lugar en mi cuenta de Facebook. Sumido en sus recuerdos, locuaz y despreocupado como es al momento de hablar, comenzó a evocar una escena donde sus compas y él jugaban a ser arquitectos simbólicos del Roxy: “¿Tú qué le cambiarías?/ Pues yo pondría los baños atrás, es un pedo para meterse/ No, pero no mames, es que si los pones atrás ya no van a pasar los artistas por ahí, va a valer madre/ Sí, es cierto/ Yo agrandaría el escenario/ No güey, es que si agrandas el pinche escenario ya no vas a poder ver igual, porque te pones en un lugar y ves en breve, ves bien chido/ No, pues no, no funciona eso/ Yo quitaría el mezzanine a la chingada, no más estorba/ No güey, pero pues ya no va a caber tanta gente/ No, pues sí. Y así, éramos arquitectos del Roxy. Total que acabábamos la plática y el Roxy quedaba igual, no tenía nada de modificación, quedaba bien así, estaba chingón”.

Y es que todo aquél que concibe la historia desde una visión anticuaria, sólo sabe y quiere preservar. Por eso, cuando alguien quiere revivir los grandes momentos desde una perspectiva monumental, no hace más que profanar los terrenos del anticuario, quien se empeña en preservar y venerar un pasado petrificado. Para el Caifán, el nuevo Roxy sería algo así como una Catedral Metropolitana construida simbólicamente encima del Templo Mayor, un nuevo Roxy construido sobre escombros. Quizás, en su cabeza resuene esa canción de La Barranca: “eternamente en construcción pero sin plan maestro, esa manía de levantar un templo sobre otro templo”.

 

Hacia una historia crítica

 

Estamos frente a una coyuntura decisiva, en la que podemos y debemos reconstruir una historia crítica en torno al Roxy, que nos conduzca a comprender y explicar un panorama más amplio de lo que era la vida musical y cultural de la Guadalajara noventera. En lo personal, por más que sienta entusiasmo a raíz del nuevo proyecto impulsado por Sala Roxy, por más que el romanticismo del Caifán —que seguramente comparten otras personas— me mueva hacia una postura empática, considero que es necesario romper con las dos visiones que están en juego actualmente: una de carácter monumental y otra de carácter anticuario. Porque si una de las dos visiones llegase a imperar, nuestra historia correría el riesgo de quedar mutilada y eso representa un perjuicio para nuestro presente y nuestro futuro. No se puede vivir saludablemente preservando y venerando un pasado que no podrá servir como impulso para el surgimiento de una cultura renovada; ni mucho menos coleccionando acontecimientos gloriosos que se nos presentan inconexos de un contexto cultural más amplio. Corremos el riesgo de debilitar el presente y de cortar las raíces de un futuro prometedor y vigoroso.

La visión anticuaria es perjudicial al presente porque sólo sabe preservar y venerar el pasado y ve con desconfianza todo lo nuevo; la visión monumental es perjudicial porque olvida segmentos enteros del pasado y sólo recuerda acontecimientos individuales y gloriosamente embellecidos que emergen como solitarios islotes. Una perspectiva crítica debe llevarnos a romper con esas dos visiones, siempre en favor y beneficio para la vida cultural y musical de nuestra ciudad. Debe llevarnos a crear una unidad superior a partir del conocimiento del pasado. Para decirlo con Nietzsche: “El que aspire a forjar y promover la cultura de un pueblo, que forje y promueva esta unidad superior y que colabore en la destrucción de la «culturalidad» moderna, a favor de una verdadera cultura y que ose reflexionar cómo la salud de un pueblo, perturbado por el historicismo, puede ser restablecida y cómo puede redescubrir sus instintos y, con ello, su autenticidad”.

Y es que, insisto, estamos parados en un momento coyuntural de nuestra historia, el cual debemos aprovechar para redescubrirnos como tapatíos. De un tiempo para acá, las políticas y las iniciativas privadas de carácter cultural fundamentan sus acciones de rescate sobre un discurso organicista, en el que se representa al centro de Guadalajara como el corazón de la gran urbe. En su cuenta de Facebook, Enrique Alfaro Ramírez celebró el proyecto Sala Roxy a través de una publicación del 3 de febrero de 2017: “Seguramente los que tenemos más de 30 años guardamos buenos recuerdos del Roxy […] Mi reconocimiento a los inversionistas que se aventaron el reto de renovarlo cuidando su imagen original, que es patrimonio cultural. En el Gobierno de Guadalajara nos sumamos al esfuerzo y vamos a rescatar su entorno, como parte de nuestro compromiso para reactivar el Corazón de la Ciudad”. Así, el centro tapatío se nos presenta como un corazón en agonía, al que se hace imperante devolverle sus latidos. Es una iniciativa loable, desde luego, pero si ya lo estamos viendo todo desde una óptica organicista, hay que decir que para que ese corazón sea rebosante en un futuro, necesita forzosamente una memoria lúcida. Ocurre que los tapatíos nos hemos puesto muy románticos y pasionales últimamente. Sin embargo, ¿de qué nos sirve un corazón rimbombante si nuestra memoria es amnésica? Una memoria dominada por el sentimentalismo de la nostalgia y la mixtificación es una memoria frágil; caminaríamos vanidosamente por la vida, pavoneándonos, pero con la probabilidad amenazante de tropezar y golpearnos fuertemente en el ego.

Si “la ciudad somos todos”, entonces todos debemos tomar partido en la reconstrucción de esa memoria, simplemente porque la historia de un pueblo se construye de múltiples actores y de un sinfín de acontecimientos —no sólo políticos, sino también de aquellos que forman parte de la vida cotidiana—. Aunque eso sí, esa reconstrucción deberá realizarse bajo la guisa del sentido crítico. Y eso implica someter la historia a juicio, confrontar los pasionalismos que nos conducen de vuelta a la nostalgia y la mixtificación. Sucede que cuando el panorama histórico se nos presenta como una inmensidad oscura, impenetrable ante nuestros ojos, cualquier destello que salta a la vista nos embelesa y nos dejamos seducir. Parafraseando a Fernand Braudel, emblemático historiador de la escuela francesa, la historia del Roxy —la que va de 1990 al 2005 aproximadamente— es hasta el momento una historia episódica, centrada en su conjunto sobre la glorificación de los  «grandes acontecimientos» —léase conciertos—, es decir, una historia cuya memoria “ha trabajado en y sobre el tiempo corto”.[3]

No podemos quedarnos con una historia episódica del Roxy, compuesta únicamente por la remembranza de grandes conciertos y de anécdotas individuales, pues estos componentes constituyen más bien hechos aislados de un contexto mucho más complejo. El Roxy no fue un islote en medio del mar de la nada, ni lo es en la actualidad ni tampoco lo seguirá siendo mientras tenga vida. Por tal razón, la historia del Roxy debe ser sometida a un análisis crítico, con miras a comprenderlo y explicarlo con relación a sus contextos culturales. De pronto nos hallamos en medio de un bosque desconocido, parados frente a un árbol inmenso que ha llamado nuestra atención por su aura mística; poderosamente cautivados, ese árbol se vuelve objeto de culto y reverencia; y ahí estamos, hechizados al grado de no prestarle importancia a la majestuosidad entera del paisaje.

 

Notas

[1] Véase: https://www.facebook.com/salaroxy/videos/359831644401977/?pnref=story

[2] Rodolfo Che Bañuelos, “Mezquitán ochenta”, en Rafael Valenzuela Cardona (coord.), El rock tapatío. La historia por contar, FEU-Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México, 2004, pp. 75-87.

[3] Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial, Madrid, España, 1970, p. 66.

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